Victorias Pírricas

15.08.2018

Al comienzo del siglo III a. C, existía un territorio al oeste de Grecia llamado Epiro, habitado por los molosos, un pueblo muy belicoso cuya forma de vida era la guerra. Su rey se llamaba Pirro. Este intervenía con sus molosos en cuanto conflicto apareciese en la Grecia post Alejandro.

En cierta ocasión recibió la llamada para pelear de la ciudad de Tarento, una colonia griega del sur de Italia, amenazada por los romanos.

Y así fue Pirro, salió con ejército hacia el sur de la península italiana. Sus molosos incluían"veinte elefantes, tres mil caballos, veinte mil infantes, dos mil arqueros y quinientos honderos".

Mientas atravesaban el mar Jónico una tempestad acaba con buena parte del ejercito. Con lo que queda, llegan a Tarento. Rehace su ejército con refuerzos de hombres, caballos y elefantes traídos de Grecia, y se enfrenta por primera vez a los romanos. Aun con los elefantes que le producían gran temor a los romanos la victoria salió cara: Pirro estuvo a punto de morir; pero su ejército no corrió la misma suerte ya que trece mil de sus valientes guerreros murieron junto a unos quince mil romanos.

Al poco, se produce una segunda batalla. A los romanos se les había pasado el miedo de enfrentarse a los elefantes a partir de que un soldado matara uno de ellos cortándole la trompa. Tras esta, los dos ejércitos se retiraron, el de Pirro victorioso y con un número incontable de bajas humanas. En cierto momento alguien del círculo de Pirro se acerca para felicitarle por la victoria, a lo que éste exclama ¡Otra victoria como esta y volveré solo!

Este acontecimiento dio origen a la frase Victoria Pírrica, para describir una victoria en la cual hay grandes pérdidas para ambos bandos. Sin embargo, las guerras o batallas campales no son las únicas donde pueden aflorar victorias de este cariz. En nuestras vidas hay diferentes situaciones que pueden transformar relaciones de años en victorias pírricas, conversaciones que al tenerlas de la manera en que las tenemos pueden dañar y hacernos perder vínculos valiosos e importantes para nosotros.

Es por eso que en esta ocasión quiero conversar sobre la forma en que conversamos en los diferentes dominios de nuestra vida. Ya que la calidad de nuestras conversaciones tienen una incidencia en nuestra calidad de vida y en el sentido que le conferimos a ella. Decimos que incide en nuestra calidad de vida, ya que los seres humanos nos hacemos humanos entre humanos, en nuestras relaciones; estamos rodeados de otros seres humanos en diversos niveles de cercanía: pareja, hijos, familiares, amigos, compañeros, vecinos. Esta cercanía está dada en la conversación que sostenemos con unos y con otros. No conversamos de la misma manera con nuestros hijos, que con nuestra pareja, y la conversación que tenemos con nuestros amigos es muy diferente que la que podemos tener con vecinos o compañeros de trabajo. Esto da cuenta de lo que dijéramos anteriormente: la calidad de las relaciones se mide en función de la calidad de las conversaciones, y siendo que somos seres relacionales y vivimos en la relación con nosotros mismos y con otros, la calidad de estas compromete nuestra calidad de vida. Un ejemplo de esto es: como se siente, que emociones lo embargan, que se dice a sí mismo, y como es su postura corporal luego de tener una discusión con alguien que es importante para usted.

Las conversaciones fluyen en lo que podríamos llamar una danza entre lenguaje y emociones; en las conversaciones que tenemos podemos percibir como las emociones que nos poseen dejan emerger un tipo de lenguaje (verbal y no verbal) que elevan, bajan o mantienen una "temperatura conversacional".

Las conversaciones que terminan con una victoria pírrica son conversaciones que se desarrollan bajo la emocionalidad del orgullo y la soberbia, y el lenguaje que utilizamos en esta danza es el de "la verdad" o "de la razón", decimos: "tengo razón o no", "las cosas hay que hacerlas así", seguidos de ataques a la identidad: "el que no piensa como yo es un tonto", "eres un idiota con ese razonamiento".

¿Cuántas veces discutimos durante horas sobre quien tiene la razón sobre qué, y quien es poseedor de la verdad? Cuando alguien nos dio la razón sentimos la satisfacción de haber vencido, nuestra emoción de orgullo se incrementa, a su vez que sentimos que nuestra identidad se afianza.

Ahora bien, ¿Porque decimos que las luchas por tener "razón" son victorias pírricas? Porque en el afán de que el otro nos otorgue la anhelada victoria, estamos dispuestos a romper relaciones, despojar a otros de la dignidad, elevar nuestra presión arterial comprometiendo nuestra salud, y violentar verbalmente la identidad de cualquiera que diverja de nosotros con su opinión.

¿De qué nos sirve la victoria y la razón cuando nuestros amigos ya no disfrutan de nuestra compañía? ¿Para qué queremos tener razón, si nuestros hijos ya no quieren conversar con nosotros? ¿Para qué nos sirve la razón si nuestra pareja prefiere confiarse a otros, porque con nosotros no se puede conversar?

Estamos comprometiendo las relaciones que son importantes para nosotros, estamos anteponiendo el "tener la razón" a nuestra calidad de vida. Ninguna verdad que ostentemos poseer es mas importante que las relaciones y el sentido de vida que forjamos en torno a ellas.

Al igual que Pirro, "otra victoria como esa y quizás nos quedemos solos".

¿Cómo hacer para tomar un resultado distinto? La palabra clave es escuchar. Escuchar no es solamente dejar que las ondas sonoras produzcan perturbaciones en nuestros oídos, eso sucede todo el tiempo. Escuchar es tanto o más activo que el hablar mismo. El escuchar con todo el cuerpo, implica soltar la certeza de nuestra razón, disolver la solides de la verdad y dejarnos permear por el otro: sus opiniones, ideas, pensamientos. Escuchar es abrirnos al otro para que el otro nos envuelva con sus palabras y su sentido, involucrarnos en las emociones que el otro deja fluir y exponernos a su impacto. Escuchar al otro es legitimar su punto de vista, es respetarlo en su diferencia, aceptarla, comprenderla y hasta agradecerla. Cuando escuchamos no hay ganadores, tampoco hay perdedores, ni siquiera hay empate. Cuando escuchamos no jugamos en lugares opuestos, no hay contrincante, nadie a quien vencer, porque nadie es una amenaza contra nosotros. Al escuchar nos ponemos del lado de quien habla para involucrarnos en su experiencia, con sus juicios y opiniones.

Sí, escuchar es la clave para que lo que podría haber sido una victoria pírrica se convierta en una relación renovada. Donde tener razón pierde su razón y la verdad su estatus de absoluta, donde lo importante no es YO, TÚ, o quien, sino más bien somos NOSOTROS.


By Diego M. Lo Destro